
No pudo terminar de leer el párrafo; su madre lo llamó. Frente a frente, y por algunos minutos, la mujer lo miró sin mirarlo… en silencio, cautiva de sus emociones. Entreabrió sus labios y su mano derecha tembló; quiso dar un paso adelante pero, en vez de eso, cayó de rodillas. Él se acercó, pero ella, con el rostro cubierto por su velo, lo detuvo con su mano alzada. Las lágrimas de la mujer comenzaron a humedecer la alfombra y su mano trató en vano de contener sus sollozos. Él, ignorando las negativas de su madre, acarició su mejilla mojada. Con su pequeña mano levantó el mentón de la mujer y a sus ojos le dijo que no pensara en nada, que todo saldría bien, que él siempre estaría allí... y con un silencioso beso hizo desaparecer la última lágrima que pendía de las pestañas de la mujer.

0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada