Leo, su amigo y dueño del local, la recibió con los brazos abiertos. Declaró haberla extrañado, hacía mucho tiempo que no pasaba a visitarlo. Isabel le aclaró que desde que comenzó su último trabajo ya no necesitaba pinturas ni diluyentes industriales, y le explicó por qué. Leo quedó boquiabierto un instante, para luego levantar y dejar caer los hombros y sonreírle resignado. Claro que en ese momento Isabel sí que necesitaba comprar materiales; sus pinceles estaban corroídos por la fuerte composición de su orina, y sus telas ya no soportaban el peso de su sangre coagulada. Estaba obligada a reabastecerse. Además, necesitaba imperiosamente un neutralizador de olores para trabajar con el material que más esfuerzo le costaba conseguir.
Le regaló un sonoro beso a Leo a modo de despedida para cuando salió de la tienda con todo lo que necesitaba y con paso firme volvió a su departamento en el edificio Pax.
Durante el camino de regreso había visto cómo el afamado cineasta Pablo Navarrete filmaba una escena de sexo gore en la plaza pública. Pablo vivía siete pisos más arriba en el mismo inmueble y se habían hecho buenos amigos. Al pasar por la plaza levantó una mano y la agitó en el aire para saludarlo a la distancia. Además, y ya más cerca de su edificio, fue testigo de cómo un perro perseguía al gato lunar de la abogada del primer piso. Seguramente se había escapado de su hogar. Isabel siguió con la mirada al asustado felino rosado y deseó con toda su alma que el perro lo eliminara. Odiaba a los gatos de la luna, no sabía por qué.


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