Se vistió y se dirigió a la cocina.
Potentes rayos de luz caían oblicuos sobre una descomunal pila de loza sucia. Escogió la taza que contenía menos residuos y la enjuagó un poco para servirse café. Del refrigerador sacó un pedazo de pastel ya seco y se sentó en la barra a comer. El estilo americano de la cocina le permitía ver sin problemas el living comedor. Sólo un sillón de dos cuerpos y una pequeña mesa a su lado se salvaban del desorden; la habitación se había transformado en un taller de pintura desde el momento en que puso un pie en el departamento. Atriles, bastidores, frascos, pinceles; un sinfín de materiales se esparcían por el reducido espacio. Y los lienzos orgánicos mixtos, su más reciente orgullo para su total contemplación.
La idea había surgido en Urano. En un bar kitsch del barrio bohemio de Lantaya, específicamente. Una pequeña drogadicta lloraba desesperada junto a su pareja, un viejo marciano que no sabía cómo consolarla. La niña tenía su entrepierna manchada de rojo, lo que indicaba, indiscutiblemente, que era humana, pues las chicas en Urano no menstrúan. En ése momento, Isabel se vio invadida del “orgullo terrícola”, esa tan ajena frase que había escuchado en cada uno de los planetas del sistema solar que había visitado pero que, tal como al concepto de “patria”, jamás le había encontrado sentido. Y decidió que los próximos materiales que utilizaría provendrían todos de su propio cuerpo humano.
Terminó su desayuno y sus recuerdos, y se abalanzó sobre un lienzo en blanco. Chocantes imágenes inconexas se agolparon en su memoria y se plasmaron espectralmente sobre la tela. Recovecos cálidos y ojos cerrados. Sonidos delicados y uñas incrustadas en metal flexible. Sabores irreales en una velada inesperada; sentidos perturbados durante horas; fluidos incontrolables explotando en su interior. Una sonrisa en sus labios y el pincel cubierto de sangre se deslizó sin obstáculos por el bastidor.
La música desafinada de sus entrañas le indicó, horas más tarde, que el horario del almuerzo ya había pasado. Se levantó, retrocedió y observó las evidencias innegables del paso del tiempo: dos nuevos bastidores llenos de color. Isabel acostumbraba a mirar durante varios minutos sus obras terminadas, percibiendo cada detalle, siguiendo el curso de las pinceladas, reviviendo el proceso. Pero esta vez no. El hambre era más fuerte y ya tendría tiempo para terminar su ritual más tarde. Desinfectó sus manos y salió en busca de algo que comer.


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